Debo confesar que para mi, mi culo siempre ha sido una
parte de mi anatomía usada únicamente para las acciones
fisiológicas normales en todo ser humano.
Una parte de mi cuerpo totalmente reservada y por lo
tanto reaccia a todo tipo de intromisión sexual.
Cuando me metí en el mundo de la sumisión llegó un
momento, caótico para mi tímido agujero: "
La penetración anal".
Huelga decir como reaccionó el pobre, se encogió de miedo,
de pavor por lo que se suponía y con razón lo que se le
venía encima.
Puedo asegurar que la primera vez no le hizo mucha gracia,
entre su virginidad y su pánico, el cerrado en banda
estaba asegurado.
La primera sensación son punzadas de dolor, es como si
estuviesen abriendo un túnel enorme por una entrada
diminuta, notas como se tensa esa zona, como se va
expandiendo a medida que se introduce, mientras penetra
cada vez más profundo.
Una vez conseguida la penetración, te has quedado llena,
y se produce un momento de calma; pero claro, ahí no queda
el tema, la parte interesante es sacarla y meterla; de ahí surge
el segundo problema, si la primera vez te ha parecido que
te acababan de taladrar, cuando se repite una y otra vez
la sensación es constante en cada momento.
Después de mi primera vez puedo asegurar que ha habido
más veces, y también puedo decir que poco a poco
se han ido transformando las punzadas de dolor en placer.
Este cambio no surgió de repente, fue algo paulatino,
y también depende aún del momento y de la excitación,
ya que aún hoy no siempre mi pequeño agujero está conforme,
sobre todo en el primer momento, aún se encoge a veces,
pero el placer que experimenta luego es enorme y
cada vez más intenso hasta haber llegado a orgasmos
tan placenteros que me ha sorprendido comprobar lo
deliciosas que pueden llegar a ser las penetraciones anales.


















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